
Compartiendo con los niños de una escuela unidocente, Uruguay
Hubo un tiempo en que pensaba en la escuela y podía escribir una queja por cada centímetro cuadrado: del currículo, los salones, los patios, los maestros, los horarios, las tareas…
Y ahora pienso en la escuela y no me inspira quejarme. La escuela es la escuela. Mi hijo no va a la escuela y no estoy muy al tanto de lo que pasa en ella. La miro de reojo, me asusto, y sigo por mi camino.
Yo fui a la escuela y tuve suficiente. Tal vez algún día vuelva a estudiar (y ya sueño con estudiar ESO en TAL escuela). De hecho, estuve tanto en escuelas alternativas como convencionales, y vengo de una familia de maestros. Yo misma he dado clases, y el sistema de calificaciones no me es extraño.
Pero tal vez la escuela no sea tan mala
Yo la veo malísima. No veo nada bueno. Digamos que “no es mi tipo”. Pero otros la ven muy buena. De hecho, los gobiernos se enorgullecen de sus escuelas, construyen más, las innauguran, les toman fotos, las embanderan en los días patrios…No pueden ser tan malas, no?
Y si no lo fueran? Si la escuela fuese excelente? Si el sistema educativo fuese ideal? Un sueño hecho realidad? (música de violines con fondo primaveral).
Aún así, no habría mucha diferencia. Nosotros hemos elegido la educación sin escuela porque ya encontramos nuestra opción.
Nuestra elección no tiene que ver con la escuela: tiene que ver con nosotros.
Espero que el sistema educativo de mi país mejore por sentido patriótico, pero no porque quiera hacerme un lugar ahí. Felicito las iniciativas de escuelas libres, chéveres, limpias, equipadas; felicito a los maestros y maestras que aman su profesión; felicito a quienes estudian para mantener el sistema; a quienes se cuestionan y proponen; aplaudo a quienes buscan nuevas alternativas.
Pero nosotros ya tenemos nuestra opción. Es una opción única. Es el día a día de este hijo y esta mamá, y con todas las personas que conocemos e iremos conociendo. Es un sistema tan complejo que hasta entra la escuela cuando decidimos visitar una. Entra nuestra familia, nuestros amigos, nuestros vecinos, nuestra ciudad, nuestro país, nuestro mundo: y todos en sus lugares y en sus tiempos precisos.
Gracias a la escuela cuando podemos visitarla. Gracias cuando desde ahí sale un conocimiento que se traspasa hacia nosotros. Gracias cuando hay vacaciones, y gracias cuando no les mandan tantas tareas a los niños para que mi hijo tenga más compañeros de juego.
Después de todo, para alguien que no tiene que ir a reuniones de padres de familia, la escuela no puede ser tan mala.









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